Generalmente, tomo un taxi para ir a mi trabajo, y digo “generalmente” porque hay veces en las que me apetece irme caminando, sin embargo, también generalmente traigo el tiempo encima así, que para mí, buscar taxi es una práctica común.
Los taxis y yo solíamos tenernos cierto respeto mutuo; me pongo en “modalidad simpaticón”, doy las direcciones más exactas hacia mi destino y prometo hacer el mínimo de plática necesario salvo que el tema sea interesante.
El plan funcionaba, yo llegaba a donde tenía que llegar, daba mis dineros y tras un intercambio de buenos deseos, dos extraños se separaban para seguir su día laboral.
Pero como en toda pequeña utopía, la realidad está ahí. Siempre escondida, siempre presente y para nuestra mala suerte, siempre dispuesta a violar el de ano nuestras fantasías. Y así, de un tiempo para acá, los taxistas se han vuelto culerísimos con “el pasaje” y nos tratan, por lo menos a los de la ciudad de México, como si no les pagáramos, les pedorreáramos la unidad y les mentáramos a su -resalto- muy puta madre.
No sé ustedes Queridos Tres Lectores, pero por lo menos en mi mundito, los pinches taxistas han agarrado una actitud de mierda, y digo, no es para menos, su trabajo es bastante pinche y, en muchas ocasiones, es “la opción que queda cuando todo lo demás falló”. Y algo me dice que en el oficio es raro que en un día te toquen puras súper modelos que paguen con dinero y den propinas en forma de felación.
Pero eso no es excusa para salir a pasear en el taxi y negar el servicio ¡coño! ¡Cómo me caga la madre que los taxistas traigan el -resalto nuevamente- putísimo letrerito de “libre” y no se paren cuando indicas que requieres sus servicios!
Uno, aunque no lo crea, trata de ponerse en su lugar y pensar en las razones por las que nos están mandando a la ñonga. Por decir algo, a lo mejor va a estacionar su coche porque ya se acabó su turno, o en una de esas, no te vio; pero ¡por el carajo de la putérrima gran puta madre de la puta abuela de la pinche madre de todos los taxistas! ¿siete seguidos “van a entregar la unidad/no me vieron”? ¡Fóquem!
-El Autor.
Metatron's Lounge Presenta:
“Taxidemierda” o “La momia que me dijo feo”
Era temprano y alguien le habló a Maruchies para decirle que había una manifestación en Reforma (¡No mames! ¡Qué raro!), para que no se preocupara por llegar a tiempo.
Considerando que Maruchies y su servilleta trabajan cerca, pues mi media naranja me dio el pitazo para que disfrutara de unos momentos más de sueño y ¡a huevo! Eso hice. Pasada mi siesta extra, me dispuse a irme a trabajar y tras el ritual de cada mañana, me largué.
Al salir, la calle era un puto caos, más tráfico del acostumbrado, por lo que hice lo que siempre hago cuando veo que la carga vehicular está para cagarse. Comencé a caminar para ver si mi paso era más rápido que el de lo coches y decidir si me voy caminando o si espero un taxi. Lo coches iban más rápido, ergo, esperé el transporte colectivo.
Y así, comencé a ser rechazado. Hay personas que imaginarían que tras tantos años de rechazo uno se acostumbra, pero no, la verdad es que cada que un taxista me niega el servicio algo muere dentro de mí. Creo que es la paciencia.
Pero al fin, un señor que se veía bastante amable me levantó y me senté en el lugar de adelante porque en el de atrás, por la perspectiva, siempre me mareo.
-Hola muy buenos días – le dije.
-¿Qué tal a dónde lo llevo? – Me contestó.
-Vamos derecho, subimos el puente, damos vuelta en la primera y nuevamente damos vuelta en la primera calle bajando el puente.
-Bien...
El anciano comienza a mirarme fijamente, como si hubiera hecho algo malo, revisé y no estaba sentado sobre nada.
-¿Algún problema mi señor? – Le pregunté cortésmente.
-No nada, es que ya no hay respeto...
¡Achingá! ¿No hay respeto? ¿Subirme a un taxi y decirle a dónde me quiero dirigir es una puta falta de respeto? El don no lo sabía, pero había sacado boleto.
-Sí caray –agregué–, pinches taxistas, como que esto ya es más un hobbie que un oficio, ya sabe, con eso de que hay un montón de buenos para nada que en vez de hacer su trabajo, sólo se salen a pasear por las calles de La Ciudad de la Esperanza.
Siempre he pensado que los taxistas le tienen miedo a los pasajeros y, ¡carajo! Con justa razón, vivo en La Ciudad de México, aquí no se asaltan entre familiares sólo porque Dios es grande. Con eso en mente, siempre trato de ser elocuente para que, por lo menos a nivel verbal, les quede claro que no soy un gañán que lo va a asaltar.
-Pero es que la gente no se pone de este lado –Comentó el chofer,en un intento desesperado por mantenerse en el tema.
-¿Del volante? –pregunté mordaz- ¿Me está sugiriendo que yo conduzca mientras usted disfruta del panorama urbano?
-No –respondió con cierto quiebre en la voz–, me refiero a que a veces, no se ponen a ver que a uno también está expuesto en este trabajo.
Remitámonos uno de los párrafos anteriores, ése que comienza con “Siempre he pensado que los taxistas le tienen miedo a los pasajeros...”, ¡estoy al tanto de que “se exponen”!, no obstante, este hijo de puta está sugiriendo que YO lo voy a asaltar.
-Disculpe, no quiero poner palabras en su boca –aunque tal vez sí mis dedos cerrados en un puño, pensé– pero, ¿me está diciendo que me veo mal?
Alguna vez, Turbopop me comentó que mi problema "no es la carencia de estilo; mi problema es que tengo muchos..." Y como siempre, traía mis botas de obrero CAT, mi pantalón Levis, una playera Reebok, una chamarra café de piel que compré en Zara, mis lentes redondos de “Vash La Estampida” y un gorro café para cubrir mi cabello porque me bañé antes de salir. No es que sea un esclavo de las marcas, pero ¡puta madre! Dudo que un asaltante se vista así.
-Es que por la barba... -agregó el chofer.
-¿Por la barba qué? –pregunté exaltado.
-La barba hace que usted parezca un maleante, pero ¡está bien!, todos se ven así.
Contundentes palabras considerando que apenas estábamos subiendo el puente que marca la mitad del camino. Léase, no me iba a quedar callado.
-Supongo que con “todos” se refiere a por lo menos, sus hijos o bien, a alguien que se junta con sus hijos, no sé, el nuevo novio o esa “mala influencia”.
El taxista se tomó su dulce tiempo para contestar, así que seguí metiéndole la verba. O sea, "la verga-verbal".
-Pero, no se fije –comenté sarcástico-. Es normal que la gente que vive en la ignorancia haga juicios incorrectos...
-No, no, no -interrumpió el ruletero–... Tiene razón, mis hijos se están juntando con gentes que no cuidan su higiene.
Hijo de puta, ¡me dijo sucio!... pero también corroboró mi comentario.
-No lo decía por mí –pinté una sonrisa en mi cara-, lo decía por usted, que claramente no tiene idea de lo que las personas usan en estos días. Por cierto, los suéteres de abuelito -rápida barrida con los ojos-... pues son de abuelito.
Mientras escribo esto me pregunto por qué no me bajó del taxi en medio del puente, pero algo me dice que el don traía gallo y tenía ganas de poner a prueba su verborrea. Error.
-A ver joven –muy correcto el señor me cuestiona-. ¿Y cómo me voy a enterar de qué está de moda?
-¡Ni puta idea! –contesté de inmediato-. Pero usted está pidiendo que se le comprenda, ¿cómo se atreve a pedir comprensión cuando usted no está dispuesto a darla?
-Yo no pido comprensión –respondió.
-¿Cómo ñongatzu no? Usted comenzó diciendo que “no nos ponemos de su lado” y creo que usted no está dispuesto tampoco a estar del lado del pasajero.
-Es que con esas barbas se ven bien zarrapastrosos.
Verga… Me dijo “zarrapastroso”... ¡Mi ego exige satisfecshion! Y mi destino es en la próxima esquina... Hay que pensar rápido, si acaso puedo soltar dos o tres argumentos antes de mandar a la verga a este viejo.
-Mire -suspire para calmarme, despejar mi mente y para tomar aire porque en pocas palabras tenía que humillar a un completo extraño–... Se entiende que uno se vea zarrapastroso, sin embargo, cuando uno está esperando un taxi, pues generalmente intenta tomar uno que se vea conducido por alguien vetarro, ya sabe, si se quiere poner pendejo un viejo, pues te lo puteas más fácil...
El conductor se pone nervioso.
-... En la próxima esquina me quedo –agregué–, pero no sin antes decirle que si usted cree que todos sus pasajeros se van a perfumar y acicalar sólo para que usted los levante, es una idea casi, o incluso más errónea como la de controlar las amistades de sus hijos...
-Dios lo bendiga –dice el taxista, como para terminar la conversación.
-... Sí, a usted también –contesté–. Pero el punto se mantiene...
-Dios lo bendiga...
-El punto es que los zarrapastrosos necesitamos de ancianos en taxis.
-Dios lo bendiga...
-Y en serio, aprecio que me haya levantado.
-Dios lo bendiga –me dice no sin antes detener la unidad justo en la esquina que le indiqué.
-Y mire... -le dije mientras me bajaba y le pagaba– los zarrapastrosos son los que dan las mejores propinas, tenga todo un pesote más. –le doy 16 pesos- Dios lo bendiga a usted.
-Dios lo bendiga. – Arranca.
En otras circunstancias, me habría molestado, pero la verdad es que humillar a ese viejo me llenó de satisfacción el día. Sé que estuvo mal, pero ¡coño! Así como yo no debería contestar las ofensas de un perfecto extraño, los perfectos extraños no deberían ofenderme.
Pero... Jejejeje… ‘Inche taxista, le jodí la mañana y lo hice pensar en sus pedos familiares. ¡Lolazo! Por cierto, hoy me despidieron.
Pinche realidad, siempre escondida, siempre presente y para nuestra mala suerte, siempre dispuesta a violar el de ano nuestras fantasías. ¿Me volveré chafirete?



